El Perro
Fragmento de La historia de San Michele, de Axel Munthe

El mundo de los animales ha sido puesto por Dios  bajo nuestra protección y no a nuestra merced; cuando comprendan que los animales tienen el mismo derecho a vivir que nosotros, y que  nuestro derecho a quitarles la vida está limitado estrictamente por nuestro derecho de defensa y existencia, vendrá un tiempo en que el mero placer de matar se extinguirá en el hombre.

Mientras exista ese placer de matar, el hombre no tiene ningún derecho a llamarse civilizado; es un simple bárbaro, un eslabón fallido entre sus antepasados salvajes que se mataban con hachas de piedra por un pedazo de carne cruda, y el hombre del porvenir. 

A un perro se le puede enseñar cualquier cosa con amable estímulo, paciencia y una galleta cuando aprende la lección con buena voluntad. El castigo corporal infligido a un perro inteligente es una indignidad que repercute en su amo. Cuando un perro esté enfermo se somete a casi todo, incluso a una operación dolorosa si se le ha explicado con voz amable, pero resuelta, qué ha de hacerse y por qué ha de hacerse. No obliguéis nunca a un perro enfermo a comer; a menudo sólo lo hace por complacernos, aunque su instinto le diga que se abstenga de toda comida, lo cual es con frecuencia su salvación. Los perros, como los niños muy pequeños, pueden permanecer varios días en ayunas sin ningún inconveniente.

 

Un perro puede sufrir con mucho   valor   el    dolor , pero como es natural,  le agrada que le digáis lo que padecéis por  él.   Tal vez sea conformador para quien ame a los perros saber que la mayoría de ellos tiene una sensibilidad para el dolor mucho menos aguda que lo que suponemos.

No molestéis nunca a un perro enfermo cuando no sea  absolutamente  necesario. Es fácil que vuestra intempestiva intervención distraiga a la naturaleza en su esfuerzo para ayudarle a curar. Todos los animales desean que los dejen tranquilos cuando estén enfermos y también cuando van a morir. ¡Ay! es tan breve la vida de un perro que nadie habrá dejado de estar de duelo por haber perdido uno de tales animales.  Vuestro primer impulso y vuestras primeras palabras después de enterrado bajo un árbol del parque son que nunca tendréis otro. Ningún otro perro podrá reemplazarlo. Os equivocáis. No es un perro lo que amáis, es el perro.

Para llegar a ser un buen médico de perros es necesario estimarlos, pero también es preciso comprenderlos; sucede como con los hombres, con la diferencia que es más fácil comprender a un perro que a un hombre, y es también más fácil quererlo.  No olvidéis nunca que la mentalidad de un can es completamente distinta de  la  de  otro.  El  agudo espíritu que brilla en los  ágiles ojos de un fox-terrier, por   ejemplo,

refleja una actividad mental completamente distinta a la serena sabiduría que brilla en los tranquilos ojos de un San Bernardo o de un viejo mastín.

La inteligencia de los perros es proverbial, pero hay grandes diferencias de grado, ya visibles en los cachorros apenas abren los ojos. Hay también perros tontos, pero la proporción es mucho menor que en los humanos. Es fácil comprender a un perro y aprender a leer sus pensamientos. El perro no puede fingir, no puede engañar, no puede mentir, porque no puede hablar. El perro es un santo. Es sincero y honrado por  naturaleza. Si en casos excepcionales aparece un perro con cualquier estigma de pecado hereditario, propio de sus antepasados silvestres, que habían de confiarse a la astucia en su lucha por la existencia, esos estigmas desaparecerán en cuanto la experiencia le haya enseñado que puede fiarse de los honrados y justos sentimientos que le demostremos. Un perro admite gustoso la superioridad que tiene sobre él su amo, acepta como definitiva sus decisiones; pero, contrariamente a lo que creen muchos apasionados, no se considera esclavo, su sumisión es voluntaria y quiere que se respeten sus pequeños derechos. Mira al amo como a su rey, casi como a su Dios.

Espera que su Dios sea severo en caso necesario, pero fundamentalmente que sea justo.



Copyright © 2007 Paulino Alonso Panero. Reservados todos los derechos.
Última revisión: 23-03-2008.
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